Vete y no peques más

“Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” Juan 8:10-11

La vida cristiana es una constante renuncia, negación y muerte a los deseos de la carne, acompañada de una firmeza absoluta de renovarnos y dejar todo atrás, para enfocarnos en nuestro galardón eterno. Ahora, ¿qué sucede cuando, dejando muchas cosas atrás, volvemos a ellas? Según la palabra de Dios, no somos aptos para el reino de Dios (Lucas 9:62).

En el evangelio de Juan, con las palabras “no peques más”, nuestro Señor Jesucristo señala una orden absoluta de no volver atrás y de no tener en poco su sacrificio. Hay un poderío de Dios reconocido en nuestras vidas, fruto de su obra manifiesta en nosotros, provocando una fidelidad tal a esas palabras de perdón y sanidad, que no nos permite apartarnos de Él (Jueces 2:7).

Muchas veces, volvemos y cometemos el mismo error. Jesús fue muy claro al decir al paralítico del estanque:

“Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” (Juan 5:14)

No podemos continuar tropezando con el mismo error. Si obviamos el poderío de Dios sobre nuestras vidas, ya no hay maravillas, ni milagros, ni palabras que lleven a una actitud de arrepentimiento y de temor reverente delante de su presencia; hablo de obviar a Dios, pasar por alto, olvidarlo, que es lo mismo que matar al juez de nuestra propia conciencia (Jueces 2:19).

El volver a las “viejas mañas” y actitudes pasadas, representa que realmente no le conocemos (1 Corintios 15:34). Continuar pecando deliberadamente es someternos a esclavitud (Romanos 6:16), siendo vulnerables al maligno, por el pecado en el que somos reincidentes.

Hermanos, es un deber personal que cada día nos despojemos de todo peso de pecado que nos asedie y continuemos esta carrera con paciencia (Hebreos 12:1), en la cual no estamos exentos de tribulaciones, pero sabemos que las mismas producen un peso de gloria (2 Corintios 4:17) que nos hace mirar las cosas que no se ven, esto es, las cosas donde no hay pecado.

Recordemos pues que, si le hemos recibido, ya no somos esclavos ni practicantes del pecado, sino siervos de la justicia, nacidos de Dios (Romanos 6:17-18; 1 Juan 5:18).

¡Dios les bendiga!

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