Una vez más la conciencia…

Estuve leyendo en una de mis “interminables búsquedas”, algunos aspectos sobre la conciencia que relata Watchman Nee, en su libro “El Evangelio De Dios”. Me regocijé en encontrar notas con las cuales me confrontan y tranquilizan sobre estos temas que siempre he tratado. Es interesante que exploremos los siguientes aspectos:

La conciencia es el canal que Dios utiliza para iluminar nuestras vidas y cambiar la condición de pecado en nosotros.

¿Por qué? Aunque muchas veces no podemos eliminar nuestra conciencia, es una realidad que le damos vacaciones. Cuando dejo de alimentarme espiritualmente, dejo de estar alerta. Dejo de manejar información relacionada a mi salvación, por lo tanto, no estoy muy pendiente de qué acciones están mal o bien.

El apóstol Pablo habla conciencia cauterizada (1 Timoteo 4:2), pero no refiere a hechos de todo tipo, sino a una hipocresía aparente que al mismo tiempo utiliza la fe para justificar sus fechorías.

Cuando me desconecto de Dios, finjo que estoy con Dios. Es decir, si me dicen en la calle: “Varón de Dios”, puedo decir: Amén, Amén. Pero en mi conciencia sé que no soy ese “Varón de Dios” que debe recibir el saludo; sé que no he orado y no he realizado lo que debo hacer. Inmediatamente mi conciencia encoge mis hombros y me hace buscar la oportunidad para hacer las paces con Dios.

Ahora bien, podemos llegar a un punto en que nuestro letargo sea tan grande que aún nuestra conciencia no reaccione. Y que luego de mucho tiempo -como relata Nee en su libro- despertemos con la noticia de que hemos pecado abundantemente.

Un caso bíblico que podemos citar está en 2 Samuel 12. Cuando el Rey David es amonestado por el profeta Natán mediante la parábola de la oveja, éste reaccionó como el David de siempre. El único problema era que él había dormido su conciencia al punto que podía mantener sus “valores morales” y aplicarlos a cualquier situación.

Cuando Natán dijo a David: ” Tú eres aquel hombre.” (2 Samuel 12:7). La conciencia de David despertó y dió cuenta de su falta. En ese momento era tarde y solo quedaba asumir las consecuencias de sus actos.

¿A dónde pretendo llegar? Que para salvarnos de la muerte y el pecado, Dios utiliza nuestra conciencia (Romanos 2:15), pero que como Cristianos nunca ignoremos que nuestro pecado no desaparece si nuestra conciencia deja de reclamarnos.

El pecado queda delante de Dios, en nuestra conciencia y en nuestra carne. Nuestra conciencia está ligada a nuestra alma y para salvarnos, debemos tenerla limpia (Hebreos 10:22).

Dios les bendiga!

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