Del miedo a la Luz

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos inmensamente poderosos. Es nuestra luz, y no la oscuridad, lo que más nos asusta.

Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo de Dios. Jugar a ser pequeño no le sirve al mundo.

No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras. Nacemos para hacer manifiesta la gloria del universo que está dentro de nosotros.

Esto no está solamente en algunos: está en todos nosotros. A medida que nos permitimos que nuestra luz se irradie, inconscientemente estamos permitiendo que otras personas hagan lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás.”  Marianne Williamson

Estaba observando el film Coach Carter este fin de semana y escuché esta cita de uno de los jugadores dentro de la trama de la historia. Desde que lo escuché, me recordó al poema Invitus (de William Ernest Henley) y mi mente lo asoció con Nelson Mandela.

Increíblemente, buscando en Google, existe una equivocación sobre ésta porción del libro “A Return to Love: Reflections on the Principles of A Course In Miracles” de Marianne Williamson. Muchas referencias a través de la internet relacionan que Nelson Mandela en su primer discurso como presidente de Sudáfrica en 1994, citó a la autora, lo cual no es verdad.

La autora comentó al respecto: “Como un honor sería que el presidente Mandela haya citado mis palabras, de hecho no lo hizo. No tengo ni idea de dónde provenga la historia, pero estoy satisfecha de que el párrafo ha llegado a significar tanto para tantas personas.”

Lo más interesante del asunto, es que las palabras de Williamson escritas alrededor de 1975, tienen una semejanza al texto en Mateo 5:14-16, sobre “la luz del mundo”.

Somos Luz del mundo

“Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad ubicada en una montaña no puede ocultarse.  Ni ustedes prenden una lampara, y la ponen debajo de un recipiente, sino en una repisa; y brilla para todos los que están en la casa.  Así mismo, permitan que su luz brille ante los hombres; para que ellos puedan ver sus buenas obras, y den gloria al Padre que está en el cielo.” Mateo 5:14-16

Muy similar al contexto de Williamson -estoy muy de acuerdo con Salomon acerca de que nada es nuevo bajo el sol. Este pasaje de Mateo nos trata de llevar a la reflexión sobre el miedo a lo que somos.

La acción natural del ser humano cuando se siente en falta es ocultarse. Si no tenemos nada que ocultar, nada que temer, simplemente no tenemos que ocultarnos. Recordemos el pasaje en el Génesis, cuando Adán y Eva habían desobedecido a Dios; cuando Él llegó a ellos, éstos se ocultaron.

Muchas veces el sentimiento que nos rodea a todos -gracias al sistema en que vivimos, es que simplemente se nos dice que no podemos. No podemos ser los mejores, no podemos vivir mejor, no podemos estar en la repisa. Es ahí donde en nuestro sistema de enseñanza empieza a combatir al alma humana, somos reprimidos de lo que por derecho y al estar vivos, tenemos acceso: A dejar que nuestra luz brille.

No es dejar que los hombres vean lo que hacemos -no es tan simple, sino que nuestra sola presencia estimule a otros a ser mejores. Que cuando lleguemos a un lugar, los que te reciban encuentren la necesidad de mostrar su luz. Muchos me dirán que es una actitud, pero es más que eso. Es un sentimiento que permite que el mundo funcione mejor. Es amor.

Nuestro miedo e inseguridad

No se asombre de encontrar una gran verdad bíblica en un texto secular. Considero que pone de manifiesto que el amor de Dios es para todos. Solo el miedo oculta lo que Dios ha puesto en todos.

Algunos tienen la responsabilidad de ser catalizadores y permitir -al irradiar su luz, que otros descubran que también la tienen. Existen muchas formas para inducir a un niño a creer que todo lo que hace es malo. Ese pre-condicionamiento es lo que ha destruido a nuestra sociedad.

De cualquier forma que queramos verlo, en algún aspecto nos sentimos inseguros. Cuando nos sentimos inseguros, es que no conocemos del todo -o no controlamos, los nos que sucede de algún modo; ahí es donde radica el miedo.

Nuestra luz nunca brillará hasta que dejemos nuestros miedos atrás. Hasta que decidamos dejar que brille e ilumine a otros, es la invitación de las Sagradas Escrituras y nuestra mejor forma de hacer de éste mundo, un lugar mejor.

Mora en mí

Estaba esta mañana revisando los drafs del blog, puesto que lo había unificado con otros que tenía en el 2010. Me encontré con éste cántico que escribí en el 2007. En aquél entonces estaba activamente colaborando cuando mi esposa pertenecía al coro de nuestra congregación.

Es una inspiración sobre la necesidad de que El Señor permanezca en nuestro interior. Muy importante para el inicio del 2011.

Mora en mí – Cántico Expontáneo

Cada día tenemos una opción
un valle
una decisión,
una batalla en nuestro corazón.

Señor quiero amarte
y tu palabra guardar,
para que el Padre y Tú
vengan a mí,
y hagan morada en mí.

Mora en mí
Mora en mí,
quiero delante de tí
estar plantado,
y no ser derribado
por cualquier tempestad.

Mora en mí
Mora en mí,
Porque eres
la fortaleza de los siglos
castillo mío,
mi Salvador.

Mora en mí… (BIS)

Arturo López Valerio
Madrugada del 18 de febrero del 2007.

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La falta de fe genera crisis

Leyendo algunas líneas sobre la crisis económica que afecta a los mercados globales, pude leer una nota interesante en el Diario Libre, era una carta de un economista que apuntaba que la falta de fe en el papel moneda (en este caso el dólar) provocaba la crisis y que eventualmente nos veremos forzados a volver al antiguo Oro, que conserva aún su valor.

Valor no creíble

Esto me puso a pensar en lo difícil que es este siglo, les explico por qué: Todo el sistema financiero global está basado en la confianza del papel moneda emitido por cada gobierno, dicho papel moneda es avalado por las reservas en oro de cada nación. ¿Dónde viene el problema? Hay muchas economías como la nuestra, que no tienen reservas en Oro, sino en un papel moneda fuerte (es decir, de mucha confianza o en términos eclesiásticos, que le tenemos fe) que es el dólar.

¿Qué es lo que sucede? Que el papel moneda y por ende, las transacciones y operaciones relacionadas al mismo adquieren muchas veces un valor por encima de lo normal, eso sin contar con la ola de créditos que inflan la economía haciéndonos creer que hay abundancia, pero la verdad cruda es que el valor muchas veces es mayor que las mismas reservas.

Parábola financiera

Ese mismo caso ocurrió en la oficina donde laboro y nos enseño tanto a mí como a mis compañeros de trabajo lo que está pasando a nivel global: Todos cumplimos años en algún día del año, en ese día los compañeros del festejado reúnen 200 pesos cada uno para darlo como regalo (el cual puede darse en efectivo). En total son entregados unos 2,000 pesos; muchas veces sucede que hay cumpleaños consecutivos y hay un uso de que el festejado de un día anterior deja excento del pago (crédito) al próximo festado. Es decir, que éste cobra 1,800 en su cumpleaños, con la garantía de que en el próximo cumpleaños no tiene que pagar la cuota.

Hasta ahora todo está bien, pero ¿qué sucede cuando alguien se ausenta y no paga su cuota? Generalmente se le acumula y lo paga cuando regresa. Ahora viene el enredo que nos llevó al punto que planteo: Cuando regresa el viajero, éste propone pagar a los festejados que no ha dado su regaldo (o sea, los 200 pesos). Los festejados les indican que prefiere que él (el viajero) pague la cuota de ellos al próximo festejado del mes; éste les confirma y deja saldada la deuda él tiene con ellos. Ellos asumen y entienen que han saldado con el próximo festejado. ¿Qué sucedería si el viajero no le paga al próximo festejado? Simplemente cae la confianza en la oficina y el sistema pierde credibilidad, mientras tanto hay más de 200 pesos en pérdidas.

La solución es Jesucristo

Disculpen por lo largo del cuento, pero fíjense cómo el compromiso, la palabra y la confianza hacen del mercado financiero global algo muy delicado. La falta de fe en una institución, persona, gobierno o grupo, puede descalabrar el trabajo de mucho tiempo. Nuestra solución son las palabras de Jesucristo que podemos encontrar en los libros de Mateo y Lucas, respectivamente.

Jesús llama a sus discípulos “Hombres de poca fe”, nos afanamos por lo que no ha llegado (Mateo 6:30); eso no quita que le prestemos importancia, pero sí dejamos de creer que Dios tiene cuidado de nosotros. Ésa es la crisis.

Él no quiere que tengamos incertidumbre, preguntando: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? (Mateo 8:26) E inmediatamente hizo cesar la tempestad. Si éste Jesús, hijo de Dios, podía ordenar a los vientos y la mar cuando no estaba glorificado aún, ¿cuánto más ahora, qué esta sentado a la diestra de Dios? La crisis es creer que Él no puede ayudar nuestra economía.

Si sentimos que nos hundimos en los problemas, el éxtiende su mano y pregunta (como a Pedro): Hombre de poca fe ¿Por qué dudaste? (Mateo 14:31) Nuestra crisis empieza cuando dejamos de creer y empezamos a actuar por nuestra cuenta. Créanme que así empieza. En un símil, como ovejas creemos que nosotros podemos buscar buenos pastos, pero Él es el Buen Pastor.

Cuando no tenemos pan (he vivido esa afanosa ansiedad en persona), el nos dice: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan? (Mateo 16:8) A la verdad le testifico que Dios tiene múltiples formas de hacer llegar el pan a sus hijos.

¿Por qué algunos no pueden vencer la crisis?

Les respondo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. (Mateo 17:20)

No podemos crecer un codo más, no podemos producir más de lo que Dios ha determinado que lo hagamos; Dios provee para que en el ciclo natural muchas cosas que perecen casi inmediatamente subsistan, ¿qué hará con nosotros?

Y si así viste Dios la hierba que hoy está en el campo, y mañana es echada al horno, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? (Lucas 12:28)

No dejemos de creer que Dios puede respaldar nuestra fe. Si los hombres pueden respaldar un papel, ¿cuánto podrá Dios respaldar su Palabra que es vida?

Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas. (Lucas 12:31)

Dios les bendiga!

¿Por qué no escuchamos la voz de Dios?

Hablamos hace poco sobre la conciencia. Muchos dicen que no escuchamos la “voz de la conciencia” y eso es una gran realidad. Conociendo esto, vamos a otro punto: Si no escucho mi conciencia, mi propia voz, ¿cómo he de escuchar la voz de Dios?

Recuerden que en el Salmo 16, el salmista habla de que Dios instruye su conciencia. Es decir, que Dios siempre nos enseña lo que es correcto, en cambio, nosotros decidimos nuestras acciones.

Siempre me ha cautivado la maravisolla objetividad de N.S. Jesucristo. El hace del evangelio algo simple. Nos dice en Mateo 12:30: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.”

Luego, encontramos una repetición, para los que no entienden las indirectas; en Lucas 11:23: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.”

Muchas veces queremos pretender y decir que somos de Dios, pero si no lo soy realmente no estoy con El, aunque lo diga. Este es un punto importante, porque hay casos en que los hombres han sido de Dios y todavía la gente las ve y las percibe en su exterior que lo son.

Recuerden el caso de Pedro cuando negó a Jesús: Ninguno de los discípulos lo condenó, le reclamó o le reprochó. No, de ninguna manera. La conciencia de Pedro era suficiente para recodarle lo que había hecho.

Lo más maravilloso es que Jesús se lo había advertido. ¡Cuántas veces Dios ha ministrado a nuestra conciencia y sabemos lo que estamos haciendo! ¡Benditas las ocasiones en que “aquella voz” dentro de cada uno de nosotros nos ha dicho: Detente; y lo hemos hecho!

En pocas palabras, si le hago caso a Dios, estoy con El. Si no le hago caso, no nos engañemos, no estamos con El.

Para terminar y cerrar ideas. Juan 8:43-44 Jesús dice:
“(43) ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. (44) Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.”

No escuchamos a Dios, porque tenemos acciones basadas en deseos en contra de la voluntad de Dios. Al justificar nuestras faltas en vez de ser humildes y presentarnos ante Dios humillados (como David), no andamos en la verdad.

El padre de mentira ya ha sido condenado (Juan 16:11), en cambio nosotros, tenemos la maravillosa oportunidad del arrepentimiento (empezando por mí y por todos los que dicen que son Dios).

¡Dios les bendiga!

Neutrality

“Dante once said that the hottest places in hell are reserved for those who in a period of moral crisis maintain their neutrality.” John F. Kennedy.

Esa cita del Fallecido Presidente de los EEUU se expresaba sobre el daño que causa la neutralidad cuando existe una crisis moral. El no presentar una posición es considerado como un “apoyo indirecto” a cualesquiera de las partes relacionadas. En la figura del discurso de Kennedy, hablaba sobre la cobardía.

En Apocalipsis 3:15-22 Jesus le habla a la iglesia de Laodicea, porque a Dios no le agrada la neutralidad.

“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”

¿Por qué digo que la neutralidad tiene que ver con la cobardía? Porque cuando veo que puedo perder, prefiero quedarme en mi esquina para no perder lo que tengo.

“Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.”

Primer error, no puedo creerme que soy auto suficiente. Soy parte del cuerpo de Cristo, que se esta formando. Siempre nos va a faltar algo, tendremos areas desnudas, areas que somos ciegos, areas que somos miserables, areas que somos desventurados. Por eso El Señor nos recomienda:

“Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.”

El amor del Señor cubre multitud de faltas, el nos recomienda que nos cubramos de El para cubrir en El todas nuestras faltas.

“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.”

He aqui un mensaje para los celosos de la Fe (como yo, y la pela empieza conmigo), mi celo es para que guardando la Fe, me arrepienta. Si le oigo y me arrepiento, el viene a mi y mi vida espiritual se renueva.

“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.”

Es verdad que voy a perder (hoy el mundo me ha hecho perder, tiempo, dinero, dignidad, entre otras cosas), pero, esas palabras de Jesus “al que venciere” habla de todo aquel que soporta la humillación puestos los ojos en su Reino. ¡A eso quiero llegar! ¡Padre ayúdame a vencer en la humillación y no tomar las armas carnales para defenderme!

“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”

No habrá más

No habrá más muerte… Apocalipsis 21:4
No habrá más llanto… Apocalipsis 21:4
No habrá más clamor… Apocalipsis 21:4
No habrá más dolor… Apocalipsis 21:4
No habrá más maldición… Apocalipsis 22:3
No habrá más noche… Apocalipsis 22:5

“porque las primeras cosas pasaron”… en eso espero, que pueda permanecer hasta su advenimiento y enseñar a mi familia a hacerlo también.

Remisión

La remisión o condonación en Derecho, es el acto jurídico mediante el cual una persona que es acreedora de otra decide renunciar a su derecho frente a la otra, liberando del pago al deudor.

Eso es lo que Jesús hizo con nosotros, nos redimió del pecado y de muerte; esto es proclamado en la profecía de Isaías en el capítulo 61.

“El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor.” Lucas 4:18-19

La remisión se inicia con la comunión con Dios; una vez en comunión, en mí se manifiesta la unción del Espíritu Santo. En dicha comunión entendemos que tenemos un “derecho” sobre otros del cual debemos renunciar.

Siempre queremos salir a hacer la obra y libertar a los que no conocemos. Pero el Espíritu me hizo la siguiente pregunta: ¿Y mi esposa? ¿Mis hijos? ¿La doméstica? ¿El jardinero? ¿La suegra, la tía, la cuñada y el vecino, no necesitan ser libertados? ¿No necesito perdonarlos para que entonces en santidad pueda proclamar el año agradable del Señor?

Entonces he visto que en mí tengo que restaurar la comunión con Dios, para entonces poder renunciar a ese “derecho” que no me permite perdonar a mi hermano. Este es un año de restauración, de barbecho, de remisión.

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Mateo 6:12

¡Dios les bendiga!

Sobriedad

“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.” 2 Timoteo 4:3-5

La falta de sobriedad según la porción de las escrituras, abre una puerta a nuestra concupiscencia. ¿Por qué? Porque nuestro oído rechaza la Verdad y empezamos a divagar en un mundo de fábulas y fantasías.

La sobriedad trae aflicción. ¿Por qué? Porque me separa de los que se amontonan. Me separo porque no quiero seguir practicando el pecado.

La sobriedad me confronta con mi llamado. ¿Por qué? Porque cerradas las puertas de la concupiscencia, estoy libre de las ataduras, sano en la fe y apto (1 timoteo 3:2) cumplir la obra por la cual N.S. Jesucristo me ha encomendado (Mateo 29:19).

Gracias a Dios y a aquellos que en su oído la Verdad está presente, para que todos seamos sobrios y corramos la carrera con responsabilidad.

¡Dios les bendiga!

El decir y el hacer

“De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.” Mateo 5:19

Creo que esta es la meditación para el año que comienza. Si enseño los mandamientos de Dios y al mismo tiempo los quebranto, mi gloria es disminuida en el reino de los cielos -ojo, aunque aquí en la tierra parezca grande. Por los tanto, si aspiramos a la excelencia de la Gloria Venidera, debemos enseñar y guardar lo que enseñamos.

Ese es la única garantía de que predicamos un evangelio real. Es tiempo de meditar en lo que decimos y hacemos.

Dios les bendiga.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Romanos 13:9 “Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Muchas veces tenemos sentimientos en nuestros corazones que sabemos que están mal para con Dios. Pero no los dejamos. Codiciamos algo, lo queremos, y sin importar que destruya o agravie a alguien, seguimos adelante.

Pero giremos 180º. Si esa codicia fuese de alguien contra algo tuyo, ¿no te sentirías mal? Entiendo que cualquiera de nosotros saldría a pelear lo suyo.

Entonces ahí aplica: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De manera inconsciente dejamos de amar cuando buscamos lo nuestro, nuestro provecho propio. El amor no busca lo suyo (1 Corintios 13).

Dios les bendiga!

¿Sabemos cuando estamos practicando el evangelio?

“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas.” 1 Juan 3:18-20

Existe una realidad que es indiscutible: Dios nos ha dado conciencia. Esta nos dice qué estamos haciendo mal y qué estamos haciendo bien. Cuando conocemos por la Palabra de Dios que debemos hacer más que hablar, entonces nuestra conciencia actúa como un medidor de nuestras acciones.

Muchas veces callamos ese medidor cuando nos dice que estamos haciendo lo malo. Por eso, el apóstol escribe que “si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas”. Esta verdad nos dice a voces, que no podemos ocultar lo que en nuestro interior sabemos que está mal. Si nuestro corazón lo sabe, entonces, Dios lo sabe.

No hay excusas para con Dios (Romanos 1:20, 2:1); si sabemos que no estamos obrando como Dios nos lo revela por su Palabra, es momento de empezar a obrar para que abunde en nosotros los frutos espirituales.

Lugar a la ira

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.” Romanos 5:9

En nuestro hablar diario existen diversos lenguajes que aplicamos de acuerdo al contexto que ocupamos en determinado momento. Para muchos es transparente, pero haciendo memoria a mi infancia, veía como mi padre tenía un lexico laboral muy distinto al que utilizaba con nosotros en la casa. Es normal, en el trabajo se habla de projectos, presupuestos, etc.; más en la casa hablábamos de los viajes, visitar a la abuela, etcétera, etc.

Muchas palabras pasan por la boca del hombre, sin darnos cuenta que en ocasiones nuestro lenguaje cambia de acuerdo al contexto. Cuando en dicho contexto damos lugar a la ira, entonces comenzamos a pecar contra Dios.

Escribió el apóstol Pablo:“

Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.” Efesios 4:29-31

Cuando de nuestra boca salen palabras que no edifican, inmediatamente contristamos al Espíritu Santo. Es como un barco que empieza a undirse, si todos en la tripulación empiezan a maldecir y hablar lo que no conviene, el agua continúa entrando al barco; si todos se unen y están de acuerdo (cosa que sólo puede hacer el Espíritu Santo), entonces pueden lograr salir a flote.

Las palabras deshonestas son como un ancla que nos unde más en los problemas. Es como la rebeldía del pueblo de Israel camino a la tierra prometida: mientras más se quejaban, más se le prolongaba su prueba. Es asunto terrenal, como lo escribe apóstol Pablo:

“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.” Colosenses 3:5-8

Si usted se libra de los cinco frutos del pecado que habita en nosotros, Ud. puede sertirse un candidato indiscutible para entrar en la Gloria Divina. Pero sepa que como Cristiano, hay otros cinco que Ud. y yo debemos dejar y entre ellas está la ira. Ahora, si todavía estamos trabajando en cualesquiera de los cinco primeras, debemos saber que la ira de Dios puede sobrevenir sobre nosotros. Recuerde, que el juicio de Dios empieza por su casa; no estamos exentos.

¿Por qué?

“Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él.” 1Timoteo 5:9-10

Cuando me airo, pierdo tiempo; cuando pierdo tiempo, se lo quito a Dios; cuando no hablo con Dios, pierdo comunión con El. ¡No importa lo que pase hermano (sea que veles o duermas), nuestro objetivo es alcanzar salvación! Jesucristo es quien nos libra de la ira venidera (1 Timoteo 1:10).

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” Santiago 1:19-20

Dar lugar a la ira está en nuestra condición pecaminosa. Por eso el apóstol Santiago nos dice que seamos tardos, porque sería una hipocresía el negar que existen ocasiones en que sentimos que podemos perder el control. Ahora, cuando el hombre de Dios se aira, inmediatamente deja de hacer la voluntad de Dios, porque ha contristado al Santo Espíritu. Entonces, la ira detiene la justicia de Dios y llama a la ira de Dios:

“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” Romanos 1:18

El airame y las palabras deshonestas que salen de mi boca, producen injusticia e impiedad, lo cual me aparta de Dios. Por eso el apóstol Pablo nos dice: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo.” Efesios 4:26-27
Nuestra victoria está en no perder el control, ni dar lugar al diablo, porque existe una persecusión de ira contra nosotros para que desechemos los mandamientos, ordenazas y decretos de Dios (Apocalipsis 12:12b-13).

Aquí viene al tapete el ejemplo de los contextos que explicaba al principio de este escrito. Nosotros podemos tomar control al no dar lugar al diablo, gracias al Espíritu Santo y no permitir que la ira que está en nuestra sangre, nos arrastre al pecado. ¡Bien! Pero existe un mal que está en nosotros que Dios quiere tratar: Debemos mostrar frutos de arrepentimiento.

Al leer la Palabra de Dios expresa en la Biblia, aprendemos cómo agradar a Dios y cómo comportarnos de la forma como a El le agrada. Pero Nuestro Señor quiere trabajar también con nuestro corazón; que le amemos desde nuestro corazón hacia afuera y que todo lo que salga de nuestra boca no nos contamine ni haga fracasar a otros (Marcos 7:1-23).

“Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras.” Mateo 3:7-9

No podemos engañar a Dios, no puede ser burlado. Podemos estar en el contexto eclesiástico y comportarnos como a Santos se requiere, pero Dios está observando los demás contextos donde nos desenvolvemos. Hemos aprendido y sabemos qué hacer para hallar salvación, pero nuestro corazón no se ha arrependido del todo. Hermanos, si continuamos así ¿qué fruto recibiremos?

“Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia” Romanos 2:5-8

Cuando en mi corazón doy lugar a la ira y otros frutos del pecado, estoy amontonando tesoros para destrucción. Dice la escritura “…perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad…”, es decir, que niegan su voluntad para lograr alcanzar el galardón eterno. Entonces, la contienda me aleja de la verdad, siendo esto de tal manera que venimos a ser siervos de la injusticia, en total contradicción al supremo llamamiento de Dios (Romanos 6:17-18).

Entonces, ¿qué podemos hacer?

• Ser sinceros primeramente con nosotros mismos,
• luego para con Dios,
• con nuestros hermanos en la fe
• y todos a quienes debemos dar testimonio de la verdad.

Si somos pueblo de Dios (como lo son los judíos desde tiempos muy remotos), fijémonos en lo siguiente:

“He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros.” Romanos 2:17-24

Debemos abrir nuestros ojos a la “incongruencia del cristiano”, que es similar a la de los fariseos que tanto Nuestro Señor Jesucristo corrigió. Y en la corrección no hubo injustucia, porque siendo sus hijos debía disciplinarlos y amonestarlos, entonces, ¿cuánto más nosotros?

Esta verdad contundente de Dios, suprime todo argumento que podamos tener unos contra otros. Al final Dios ve nuestro hombre interior, porque,

“Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.” Romanos 2:28-29

No somos hijos de Dios porque andemos como evangélicos, no somos hijos de Dios porque nos comportemos religiosamente; sino, cuando el Espíritu Santo pone en nosotros la simiente de Cristo, la cual nos constriñe y nos lleva al arrepentimiento. Mi rango, cargo, actividad o fama, no me hace excento del pecado, más aún, si confío en éstas cosas por encima del sacrificio de Jesus en la cruz, me convierto en ignorante de las escrituras.

No tengamos por inmunda la sangre del Cordero (Hebreos 10:29), sabiendo que no somos dignos de la misericordia y de la longaminidad de Dios, procuremos presentarnos como hombres que necesitan cada día más de Dios, en vez de pretender que ya lo hemos alcanzado.

“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” 1 Pedro 5:6.

Dios les bendiga.

La luz de los hombres, testimonio de la Verdadera

“Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.” (Juan 1:6-8)

Cuando somos llamados al evangelio de N.S. Jesucristo pasamos a ser luminarias del mundo (Mateo 5:14), donde mostramos la Luz Verdadera a través de la predicación de la Palabra. Este es el mismo caso de Juan el bautista; él vino para dar testimonio de la luz, pero luego, los hombres no recibieron a Jesús (Juan 1:11).

Los hombres en aquel entonces cometieron un error: Se regocijaron por un tiempo en la luz de Juan. (Juan 5:35b) Esto aún ocurre en la iglesia de hoy, los hombres se regocijan de la luz que muestran los hombres y no siguen a la Luz Verdadera. Pero la palabra nos corrige: “No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz”. (Juan 1:18)

Al igual que Juan, los siervos de Dios son enviados para dar testimonio y anunciar las vir-tudes de Cristo; son llamas de fuego (Hebreos 1:7) que alumbran y arden (Juan 5:35a), pero no son eternas. Por eso los discípulos de Juan cuando oyeron el testimonio que él daba de Jesús, siguieron al maestro (Juan 1:36-37), porque la luz de Juan los condujo (como una antorcha) hasta encontrarse la Luz Verdadera.

La luz de Juan tuvo su precio: muchos ayunos, ropa áspera y separación total del mundo. Por eso es más cómodo para muchos seleccionar una luz que les alumbre y regocijarse en ella, que dejar encender su antorcha de quien bautiza con el fuego del espíritu. Según las escrituras, a Dios no le es agradable que nos rodeemos del fuego que queramos (Isaías 50:11)

Entonces, ¿cómo vamos a permanecer hasta el fin si no procuramos la Luz Verdadera? ¿Buscaremos una luz efímera para regocijarnos y alum-brarnos temporalmente sin arrepentirnos de nuestros pe-cados? Y cuando se nos declare nuestro pecado, ¿buscaremos otra luz efímera que nos regocije y nos alumbre por otro tiempo?

“¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios.” (Isaías 50:10)

Sólo apoyados en Cristo, recibimos el óleo para ser encen-didos por su Espíritu Santo.

Porque,

“tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.” (2 Pedro 1:19)

¡No apaguéis el fuego del Espíritu Santo!

Antorchas encendidas

“Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.” (Juan 1:68)

Cuando somos llamados al evangelio de N.S. Jesucristo pasamos a ser luminarias del mundo (Mateo 5:14), donde mostramos la Luz Verdadera a través de la predicación de la Palabra. Este es el mismo caso de Juan el bautista; él vino para dar testimonio de la luz, pero luego, los hombres no recibieron a Jesús (Juan 1:11).

Los hombres en aquel entonces cometieron un error: Se regocijaron por un tiempo en la luz de Juan (Juan 5:35b). Esto aún ocurre en la iglesia de hoy, los hombres se regocijan de la luz que muestran los hombres y no siguen a la Luz Verdadera. Pero la palabra nos corrige: “No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz”. (Juan 1:8)

Al igual que Juan, los siervos de Dios son enviados para dar testimonio y anunciar las virtudes de Cristo; son llamas de fuego (Hebreos 1:7) que alumbran y arden (Juan 5:35a), pero no son eternas. Por eso los discípulos de Juan cuando oyeron el testimonio que él daba de Jesús, siguieron al maestro (Juan 1:36-37), porque la luz de Juan los condució (como una antorcha) hasta encontrarse la Luz Verdadera.

La luz de Juan tuvo su precio: muchos ayunos, ropa áspera y separación total del mundo. Por eso es más cómodo para muchos seleccionar una luz que les alumbre y regocijarse en ella, que dejar encender su antorcha de quien bautiza con el fuego del espíritu.

Según las escrituras, a Dios no le es agradable que nos rodeemos del fuego que queramos. (Isaías 50:11)

Entonces, ¿cómo vamos a permanecer hasta el fin si no procuramos la Luz Verdadera? ¿Buscaremos una luz efímera para regocijarnos y alumbrarnos temporalmente sin arrepentirnos de nuestros pecados? Y cuando se nos declare nuestro pecado, ¿buscaremos otra luz efímera que nos regocije y nos alumbre por otro tiempo?

¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios. (Isaías 50:10)

Sólo apoyados en Cristo, recibimos el óleo para ser encendidos por su Espíritu Santo.

Porque, “tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones”. (2 Pedro 1:19)

Dios les bendiga.

Vete y no peques más

“Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” Juan 8:10-11

La vida cristiana es una constante renuncia, negación y muerte a los deseos de la carne, acompañada de una firmeza absoluta de renovarnos y dejar todo atrás, para enfocarnos en nuestro galardón eterno. Ahora, ¿qué sucede cuando, dejando muchas cosas atrás, volvemos a ellas? Según la palabra de Dios, no somos aptos para el reino de Dios (Lucas 9:62).

En el evangelio de Juan, con las palabras “no peques más”, nuestro Señor Jesucristo señala una orden absoluta de no volver atrás y de no tener en poco su sacrificio. Hay un poderío de Dios reconocido en nuestras vidas, fruto de su obra manifiesta en nosotros, provocando una fidelidad tal a esas palabras de perdón y sanidad, que no nos permite apartarnos de Él (Jueces 2:7).

Muchas veces, volvemos y cometemos el mismo error. Jesús fue muy claro al decir al paralítico del estanque:

“Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” (Juan 5:14)

No podemos continuar tropezando con el mismo error. Si obviamos el poderío de Dios sobre nuestras vidas, ya no hay maravillas, ni milagros, ni palabras que lleven a una actitud de arrepentimiento y de temor reverente delante de su presencia; hablo de obviar a Dios, pasar por alto, olvidarlo, que es lo mismo que matar al juez de nuestra propia conciencia (Jueces 2:19).

El volver a las “viejas mañas” y actitudes pasadas, representa que realmente no le conocemos (1 Corintios 15:34). Continuar pecando deliberadamente es someternos a esclavitud (Romanos 6:16), siendo vulnerables al maligno, por el pecado en el que somos reincidentes.

Hermanos, es un deber personal que cada día nos despojemos de todo peso de pecado que nos asedie y continuemos esta carrera con paciencia (Hebreos 12:1), en la cual no estamos exentos de tribulaciones, pero sabemos que las mismas producen un peso de gloria (2 Corintios 4:17) que nos hace mirar las cosas que no se ven, esto es, las cosas donde no hay pecado.

Recordemos pues que, si le hemos recibido, ya no somos esclavos ni practicantes del pecado, sino siervos de la justicia, nacidos de Dios (Romanos 6:17-18; 1 Juan 5:18).

¡Dios les bendiga!

Sólo en árbol verde da fruto, no el seco

“Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?” (Lucas 23:31)

Nuestro Señor Jesucristo, camino a la cruz, al oir la lamentación y el llanto de las mujeres que lo veían padecer, se dirijió a ellas con esas palabras haciéndoles notar la importancia de que todos nos mantengamos dentro de su voluntad.

En el Salmo 1:1-3 nos afirma que quien hace la voluntad de Dios y medita en su Ley, será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.

La Palabra de Dios nos mantiene firmes, esto lo afirma Nuestro Señor Jesucristo en Juan 15:5, cuando nos dice que si permanecemos en Él y Él en nosotros, podemos llevar mucho fruto. Y sólo el árbol verde pueden llevar fruto, no el seco. Recordemos que la higuera que no dió fruto, El Señor la maldijo (Marcos 11:12-14) y se secó (Marcos 11:20-21).

Ahora bien, nosotros podemos estar firmes en nuestra fe, pero siempre habrán tribulaciones en nuestras vidas. Las pruebas realmente nos afirman como verdaderos Cristianos, porque después del fuego de la prueba somos purificados.

Aún en la prueba, en tentaciones y tribulaciones, la gracia de Nuestro Señor es fiel para con nosotros:

“Porque si el árbol fuere cortado, aún queda de él esperanza;
Retoñará aún, y sus renuevos no faltarán.

Si se envejeciere en la tierra su raíz,
Y su tronco fuere muerto en el polvo,

Al percibir el agua reverdecerá,
Y hará copa como planta nueva.”
(Job 14:7-9)

Nuestra esperanza es Jesucristo, tener la certeza de que es Fiel y Justo para perdonar nuestras faltas, porque en Él no hay sombra de variación para con nosotros.

Esa misma esperanza la tuyo Job en su prueba, en medio de las acusaciones de sus “amigos”, él sostuvo su integridad y la convicción de que sólo Dios podría justificarlo.

“Yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo;

Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios;

Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí.” (Job 19:25-27)

Hermanos, solamente el árbol verde y no el seco, puede tener la convicción de que si es cortado, triturado y procesado, podrá reverdecer nuevamente (fruto de fe).

Amados, no importa cuán grande sea la tribulación, tengamos la certeza de que si permanecemos fieles a Él, aunque desfallezcamos, pronto le veremos cara a cara.

¡Maranatha, Cristo viene!